lunes, 31 de agosto de 2015

Que en estos tiempos tan vertiginosos e individualistas, haya personas que tomen la iniciativa de sacudir la modorra social y despabilarnos ante la insensibilidad con que recibimos una tras otra las noticias de violencia ejercida sobre muchas mujeres, es algo que admiro, me conmueve, me convoca y me da esperanzas en la humanidad.

Todo el acontecimiento tiene la increíble contundencia de la emoción que se manifiesta plasmada en la acción. Todo lo hablado y llorado puertas adentro, toda la indignación y la decisión del BASTA, se corporalizó en miles de personas presentes en las calles. La marcha realizada con la consigna NI UNA MENOS  logró una visibilidad social sumamente importante, y no abarcó solamente la puesta en conocimiento de todos de los casos de maltrato y de homicidios sino que nos desafió a pensar sobre el origen de estos casos extremos. ¿Dónde están las raíces de estas situaciones patológicas? ¿Son individuales o sociales? ¿De qué somos cómplices silenciosos con nuestras negaciones o costumbres?. Todos los adultos que conformamos esta comunidad fuimos interpelados por esta realidad de violencia diaria, y específicamente en este caso de la violencia contra las mujeres.

Suele suceder que el tomar conciencia sea tan doloroso que nuestra psiquis intente volver a tapar lo descubierto. Elegir un camino nuevo, implica un esfuerzo energético enorme, porque nuestra mente desconfía de lo nuevo, de lo desconocido. Se necesita reforzarlo con periodicidad para que pase a ser aceptado y conocido. Que pasa el día después de la marcha? Sostener este nivel de conciencia es duro.

Fue hermoso ver que muchos hombres se sintieron convocados a esta marcha, porque el NI UNA MENOS no es propiedad de las mujeres, es de la sociedad toda. De nada vale formar bandos y ver las circunstancias desde miradas polarizadas. Decir “los hombres” es una generalización ofensiva cuando a ellos se les supone una tendencia espontánea a someternos como género. Es tan ofensivo como cuando se opina (y lo hacen muchas veces muchas mujeres) que “las mujeres son conventilleras, histéricas, jodidas, envidiosas”.

Estamos todos empapados de las creencias y costumbres de la comunidad en la que hemos crecido, y todos estamos involucrados en la continuidad inconsciente de los fundamentalismos que nos pide muchas veces la pertenencia a la antigua aldea. “Demasiada libertad, demasiado goce”, puede ser percibido como amenazador para la continuidad del linaje, de la seguridad económica y del prestigio de la familia y la comunidad.

Los seres humanos rápidamente nos erigimos en jueces y verdugos de lo que nos amedrenta, sobre todo si tenemos el poder para serlo. Es por esto que los más vulnerables, las minorías, los diferentes, son los primeros en ser amonestados o castigados por sus conductas. La liberación de la violencia viene de lo más atávico del ser humano, y las costumbres limitantes tienen su matiz de violencia, así sea el aceptado “ataque de celos” o el inocente deseo de que “el primer hijo sea un varón”, para dar pequeños ejemplos (que no nos dejan afuera a muchas mujeres).

Es importante, que muchas mujeres podamos conversar con nuestros hombres (padres, hermanos, esposos, novios, hijos y amigos) contándoles nuestras experiencias que, quien más quien menos, hemos vivido desde niñitas. Las situaciones de abuso, de discriminación, de desigualdad de oportunidades, de represión sexual, de aprendizaje de conductas sumisas como forma de ser aceptadas y queridas, pueden ser comprendidas por los corazones sensibles de nuestros hombres. Ellos también tienen sus historias de heridas. 

Sé que estas palabras suenan muy contundentes y muchos juzgarán exageradas, pero sinceramente, buscar suavizarlas también sería una conducta sobreadaptada de mi parte. Señoras y señores, ya estamos grandes. Al pan pan y al vino vino. Todos avalamos y participamos muchas veces de la construcción del campo necesario para que se revele lo peor del ser humano.

Tengamos el coraje de defender día a día, en nuestro entorno y en nosotras mismas, la conciencia y la libertad que supimos conseguir.





lunes, 24 de agosto de 2015



El tacto consciente y dirigido ha sido una herramienta terapéutica muy antigua ocupada por la humanidad. El instinto de frotar la zona adolorida , de darle calor cuando nos golpeamos, responde a los ordenamientos más inconscientes de nuestro propio arsenal médico, el de nuestra propia comunión entre los diversos planos de cuerpo /mente /espíritu. 

Tradicionalmente, vamos de la mente al cuerpo, es decir, pensamos el cuerpo. Pero el cuerpo habita en un registro distinto de la velocidad mental, y el tacto dialoga directamente con el cuerpo, en su propio lenguaje, el de la materia. Si a esto le sumamos que muchas tradiciones antiguas, han hablado de la existencia de planos energéticos, nos vamos enterando que la materia es, desde esta perspectiva, una condensación de la energía. O un plano energético de vibración denso.

Podemos pensarnos formados de moléculas químicas que generan los tejidos, pero también podemos visualizarnos desde la perspectiva de los puentes vibracionales y energéticos que hacen que esas mismas moléculas puedan existir. La energía se manifiesta en capas y el camino es ir volviendo consciente dichos territorios que permanecen para la mayoría de nosotros en un registro ignoto.

A través de nuestro cuerpo fluyen, como ríos, canales energéticos, los cuales no solo permiten el equilibrado funcionamiento de nuestros órganos, sino que sostienen también nuestra comunicación con el medio circundante y con los demás. Podríamos decir que nuestros canales energéticos son vertientes de un río mucho más grande (y por qué no, un mar) de energía que sostiene toda la creación. 

Es la sabiduría fractal de los antiguos, la que nos recuerda la ilusión de la divisibilidad entre cuerpo mente y espíritu. Sanar los dolores del cuerpo, es al mismo tiempo una vía de ir sanando los dolores del alma. 

Los caminos son múltiples, la fuente hacia donde se dirigen es la misma.


Lic. Javier Guzman Lazcano
Licenciado en Psicología, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso Chile.
Profesor de Yoga, Yogabrahmananda Institute .
Terapeuta de masaje Tradicional Tailandés, Escuela Wai.

lunes, 29 de junio de 2015

En estos últimos días me han preguntado, mandado mensajes y etiquetado en artículos sobre un nuevo signo del zodíaco, el número 13: Ofiuco.

Resulta que esta noticia no es nueva. En 1995, Jacqueline Mitton (de la Real Sociedad Astronómica británica) presentó a Ofiuco como una novedad, una constelación olvidada por los astrólogos del mundo. Aclaremos, sin embargo, que Ofiuco no fue descubierto recientemente sino que existe en el cielo desde hace más de 2500 años y sus orígenes se remontan a la antigua Babilonia.

En la mitología griega Ofiuco se corresponde con Asclepio (o Esculapio para los romanos), hijo del dios Apolo y la mortal Corónide. Fue educado por el centauro Quirón y desarrolló tal habilidad en medicina, que se decía que era capaz incluso de resucitar a los muertos. Muy ofendido por ello, Hades pidió a Zeus que lo matara por violar el orden natural de las cosas, a lo que Zeus accedió. Sin embargo, como homenaje a su valía, decidió situarlo en el cielo rodeado por la serpiente, símbolo de la vida renovada.

Pero bien, volvamos a la Astrología. La palabra zodíaco significa literalmente “rueda de animales”, y se corresponde con esa franja del cielo – que tiene unos 18 grados de ancho - que es llamada "eclíptica tropical". Existen muchas estrellas  y constelaciones que - como Ofiuco - coinciden con el espacio del cielo de la franja zodiacal (la zona donde vemos trasladarse al Sol, la Luna y los demás planetas de nuestro Sistema).

La Wikipedia nos dice que una constelación, es una agrupación convencional de estrellas, cuya posición en el cielo nocturno es aparentemente tan aproximada que los astrónomos de las civilizaciones antiguas decidieron vincularlas mediante trazos imaginarios, creando así siluetas sobre la esfera celeste. En la inmensidad del espacio, en cambio, las estrellas de una constelación no están, necesariamente, localmente asociadas; incluso pueden encontrarse a cientos de años luz unas de otras. Además, dichos grupos son completamente arbitrarios, ya que distintas culturas han ideado constelaciones diferentes, incluso vinculando las mismas estrellas. La Astrología ha utilizado las constelaciones para dar nombre a los signos del Zodíaco, sin embargo, desde el siglo 7 AC que la posición de estos signos está basada en los trópicos. ¿Qué significa esto? Que el Sol al transitar la eclíptica se encuentra a 0 grados de cáncer cuando pasa sobre el Trópico de Cáncer más allá de la constelación que esté ocupando ese lugar hoy.

Decimos también que el grado 0 de Aries que representa el inicio del zodíaco se corresponde con el equinoccio de primavera en el hemisferio norte, el grado 0 de cáncer con el solsticio de verano, el grado 0 de libra con el equinoccio de otoño y el grado 0 de capricornio con el solsticio de invierno. Vemos entonces que los signos zodiacales están determinados por 12 sectores iguales en que se divide la eclíptica y que ellos se explican a partir de las estaciones del año.

Lo que nos interesa como astrólogos es que el Sol, la Luna, y cada uno de los planteas transita por este camino de doce pasos, doce meses, doce tonalidades energéticas, que representan un sistema complejo y nos hablan de nosotros mismos. “Como arriba es abajo, como abajo es arriba”, así dice el principio de correspondencia de los viejos sabios hermetas.

Así la Astrología se basa en una convención para definir los 12 signos del zodíaco pero cada carta natal tiene su propia vida, sus propios latidos y un infinito camino que recorrer.



lunes, 22 de junio de 2015

“La religión de todas las personas debería ser la de creer en sí mismos” Jiddu Krishnamurti

¿Cuánto valgo? ¿No valgo nada para vos? Sustentar la propia autoestima en la mirada de los otros es fatal. Una cosa es tomar en cuenta la mirada del otro para ver aspectos propios que tenemos en sombra y otra es depender de la opinión de los demás para ser. Aceptar la crítica constructiva es muchas veces necesario para completar la comprensión de nuestra conducta y de los efectos de la misma. Ser dependientes de los elogios de los demás para valorar lo propio, es un camino directo hacia la baja autoestima. 

Todos miramos y nos miramos desde una parcialidad pasmosa, y por eso, el autoconocimiento es un camino de libertad. Ser conscientes de quiénes somos, íntegramente, con nuestros valores y nuestros defectos, nos da la posibilidad de ser ecuánimes, compasivos, capaces de negociar y de acordar. 

Nuestra autovaloración es resultado de cientos de momentos y experiencias, donde han participado nuestros padres en primera medida, nuestra familia y entorno así como muchos otros: compañeros, maestros y amigos. Saber apreciarnos, ser gentiles con nosotros mismos, es algo que se aprende más tarde o más temprano, si queremos dejar de sufrir. Cualquier camino de búsqueda espiritual, incluye el respeto por uno mismo y los demás, respeto que se asimila mucho a una actitud amorosa.

“Cuanto mayor es nuestro nivel de autoestima mejor tratamos a los demás. Los logros productivos son consecuencia y expresión de nuestro nivel de autoestima. El respeto comienza con uno mismo” Nathaniel Branden 

En la desesperación interior por ser, en esa pregunta tan intensa de ¿quién soy yo? que no llega del todo a la conciencia, acudimos impulsivamente al vínculo cercano, ya sean los padres, hijos, parejas, y a sus derivados transferenciales, jefes, maestros, amigos, empleados, discípulos, etc. , para que nos respondan estas preguntas cruciales. Queremos que nos respondan sobre nuestra existencia y sobre el valor de la misma. Lamentablemente, estas preguntas se expresan sobre todo en momentos de conflicto, de enojos, como un reclamo que le hacemos al otro. Ponemos nuestro valor en sus manos y le exigimos que confirme cuánto valemos. Con lo cual, si el otro es impulsivo, agresivo o cruel, tendremos como respuesta que no valemos nada. Así de contundente. Y aunque contraataquemos con la lista de todo lo que el otro debería valorar, ya dimos lugar a una cuchillada en nuestra autoestima. Si el otro se asusta con nuestro dramático pedido, y teme “perdernos”, nos asegurará y aseverará el gran valor que tenemos para él, con lo cual nuestro ego quedará agradecido (e inmaduro) hasta el próximo conflicto.

Si no valgo nada para el otro, no necesito esperar el momento de conflicto para verificarlo. Con observar los hechos del día a día será suficiente, ya que la valoración se nota en los comentarios de reconocimiento y admiración, en el agradecimiento, en el gesto cariñoso, en el tener en cuenta al otro brindándole tiempo e interés, en la escucha interesada de lo que el otro hace, sabe y puede.

Si estoy preguntando al otro, cuánto valgo para él, es porque todavía no terminé de responderme yo misma esa pregunta. Y es bueno saber que tengo un valor intrínseco como persona, que sólo por existir en este mundo ya tengo un valor enorme que me da la participación en la manifestación de la vida. Para continuar, valgo por lo que soy, por mis acciones, por lo que soy capaz de aportar al mundo, a mi comunidad. Y ese lugar en la red a la que pertenezco, hace brillar más el valor que tengo en esos vínculos cercanos y cotidianos. Pequeños y grandes gestos van construyendo valor sobre todo desde la expresión de nosotros mismos; nadie muestra su valor sin expresarse. Una persona valiosa, es valiosa para sí misma y para los demás, pero no es perfecta ni mucho menos, ya que aumenta su valor en su capacidad de reflexionar sobre sus actos y transformarse. 

“El amor a uno mismo es el punto de partida del crecimiento de la persona que siente el valor de hacerse responsable de su propia existencia” Viktor Frankl 

Antes de preguntarle a otro cuánto vales, pregúntatelo a vos misma y que esa pregunta sea formulada con mucho amor y no en momentos de enojo o frustración. Pregúntaselo a esa parte de Dios, a esa parte luminosa y eterna que presentimos en nosotros. La respuesta será una serena y maravillosa sonrisa que vendrá de tu corazón, y no serán necesarias las palabras.



lunes, 18 de mayo de 2015

En este recorrido que venimos haciendo sobre los planetas llegamos a Neptuno y su conexión con el mundo espiritual.

La posición de Neptuno en una carta natal nos contará sobre el nivel de percepción intuitiva de la persona, sus sueños y el riesgo que tiene de sumergirse en un mundo fantasioso e irreal.

Neptuno, fue descubierto en 1846 por el astrónomo berlinés Galle y tarda casi 165 años para cumplir su órbita. Debido a que Neptuno permanece durante 14 años en el mismo signo, la interpretación a nivel individual está enfocada en la casa que ocupa y los aspectos que forma con otros planetas. Al ser un planeta transpersonal, el signo en que se encuentra nos hablará de cuestiones generacionales.

El mito nos cuenta que Poseidón (Neptuno para los romanos) reinaba sobre los mares y las aguas, era hijo de Cronos y de Rea, y hermano mayor de Zeus. Se han conservado numerosas imágenes suyas como una figura imponente con su barba y su tridente, arma que utilizaba para pescar y que había sido un regalo de los cíclopes. Su esposa Anfritrite, hija de la deidad marina Nereo, vivía a su lado en un palacio de oro bajo el mar. Estaban rodeados de un extenso séquito de ninfas y de sus hijos.

Poseidón no era un marido fiel, pues sedujo y forzó a numerosas diosas, ninfas y mortales con las que tuvo incontables descendientes. Ya antes de su boda con Anfritrite había tenido un amorío con su hermana Deméter e incluso había concebido al gigante Anteo con su abuela Gaya. El infame cíclope Polifemo también era hijo suyo y además se le atribuye la paternidad del gran héroe Teseo. Una de las muchas víctimas de la lascivia de Poseidón fue Medusa, que había sido tan bella que Poseidón había perdido el control y la había forzado en un santuario de Atenea, ella se enfadó tanto que Poseidón decidió castigarla y llenarle el cabello de serpientes. Cuando Perseo mató a Medusa poco después, tan pronto como fue decapitada nacieron de la sangre derramada los hijos de Poseidón: Crisaor y Pegaso, el caballo alado. Al igual que el resto de dioses, Poseidón podía adoptar la forma que quisiese y explotar esa habilidad para sus escarceos amorosos. Así, se disfrazaba de caballo, de toro, de ave, de carnero o de delfín.

Hubo varios conflictos entre Poseidón y el resto de los mortales. Por ejemplo, entre Poseidón y Minos, rey de Creta, cuando el rey le pidió un toro para sacrificarlo en su honor. El dios le regaló un toro blanco tan bello que el rey decidió quedárselo, lo que provocó la furia de Poseidón, que hizo que la mujer del rey, Pasifae, se enamorase del animal y copulase con él para concebir al Minotauro, criatura monstruosa con cuerpo de hombre y cabeza de toro.

Era un dios temible, caprichoso, vengativo, ciclotímico, celoso y temperamental. Se vio envuelto en varios conflictos con mortales, dioses, amigos y enemigos. Durante muchos años los marineros le dedicaron cultos y rituales para calmarlo antes de hacerse a la mar.

Así nos conectamos con la marea de nuestras emociones, que crecen y se liberan turbulentas, profundas y destructoras; o se expresan calmas, transparentes y nutritivas.

Neptuno representa la sensibilidad y la compasión, la apreciación estética, la fantasía, la imaginación y el idealismo. Es la posibilidad de conectarse con el inconsciente colectivo y los arquetipos que nos abarcan a todos en tanto humanos.

Simboliza las ansias de disolver los límites y experimentar la unidad espiritual con el resto de la creación. Podemos acercarnos a esta energía mediante la meditación, la fe y la práctica religiosa, la creatividad artística o una profunda devoción a una causa. Pero también es posible que busquemos evadirnos y refugiarnos en un mundo imaginario a través de las drogas, el alcohol o una desafortunada entrega a las pasiones.

A él pertenece el mundo de los sueños, con sus enseñanzas, su fascinación y sus engaños. Está relacionado con lo esotérico, con el silencio, con lo espiritual y con lo invisible.

Con Neptuno nos sentimos unidos con la naturaleza, nos volvemos empáticos, capaces de sentir lo que el otro siente, nos fundimos con todo lo viviente, nos transformamos en un nosotros.

Allí donde Neptuno nos toca nos volvemos permeables y nos abrirmos sensiblemente a todo lo que toca. Así somos más perceptivos a las pequeñas señales, las del mundo y las del otro.
 
Hoy te invito a abrir el corazón, dar una mano, ponerte en el lugar del otro, brindarte y sobre todo a AMAR.

Podés leer más aquí: http://www.dmujeres.com.ar/contenido.php?id_seccion=557

lunes, 11 de mayo de 2015
“De vez en cuando la vida
nos gasta una broma
y nos despertamos
sin saber qué pasa,
chupando un palo sentados
sobre una calabaza”.     Joan Manuel Serrat

La vida puede ser increíble, encadenando para nuestra felicidad momentos buenos con maravillosos, rutinas con pausas mágicas. Nos enfocamos en nuestros planes y metas, suponiendo que si lo soñamos, lo concretaremos. Nos identificamos con nuestra mejor versión, tanto para los demás como para nosotros mismos. Creemos a pie juntillas que si repetimos nuestras afirmaciones positivas, portamos la piedra que corresponde a nuestro signo, o hacemos la catarsis bioenergética o chamánica, estamos en camino hacia un seguro despertar.

Últimamente, toda la mercadería del supermercado new age, nos garantiza un progreso infinito hacia la luz si vamos adquiriendo experiencias mágicas e impactantes, siempre que seamos sumisos con el maestro o el coach de turno. Incluso en el ámbito de la psicoterapia sea esta transpersonal o no, el paciente ha devenido muchas veces discípulo, tomando como palabra santa “lo que le dijo su psicólogo”.

Hemos cambiado la fe y los ritos de las antiguas religiones por la fe y los ritos de los nuevos caminos espirituales. Los arcaicos conceptos de Dios siguen estando como sedimentos o estratos que aparecen súbitamente a la vista, ante movimientos profundos de las placas. Queremos creer, queremos profundizar, y mal que nos pese, muy en el fondo todavía queremos sentirnos protegidos ante lo abismal y lo absurdo que contemplamos cuando observamos la Vida y nuestra efímera vida humana.

Entonces, a pesar de haber sido niños aplicados, deviene la crisis. Algo sucede, no sabemos si por nuestra grandísima culpa, o por el karma de vidas anteriores, o porque tenemos algo que aprender, pero lo cierto es que quedamos patas para arriba y sin traje de baño como cuando una ola te revuelca mientras mirabas plácidamente la playa frente a vos. La crisis puede ser propia o ajena, es decir ajena de alguien tan cercano que te arrastra a vos también. Y nos quedamos sin respuesta, perdidos en un laberinto de espejos.

¿Pero cómo?  ¡Esto no estaba en mi mapa del tesoro! Pérdidas, muertes, enfermedades, duelos, tantos eventos desafortunados que pueden acaecernos, sorprenden nuestro prolijo camino de crecimiento personal.

Es que nos estamos olvidando que somos humanos, que las piedras son también el camino, y que estas crisis son la oportunidad de ir más allá de lo que hemos aprendido hasta ahora. No hay magia, es hora de bajar el copete y aceptar el vacío aunque nos dé dolor de estómago. Recién entonces empezamos a preguntarnos más profundamente quiénes somos, por qué nacemos, vivimos y morimos, y como las respuestas fáciles y repetidas ya no nos cierran, no nos queda más que soportar la incertidumbre. Nos detenemos y podemos contemplar a veces como si fuera la primera vez. Como no podemos planificar, el presente cobra una importancia enorme y cada acto de nuestro día puede ser habitado con una presencia que nunca tuvimos. Si el cuerpo duele y debe ser atendido, cada comida y cada bebida, cada postura, cada rato de sueño cobra relevancia. Una crisis es una pequeña muerte, algo de nosotros muere y se transforma, dejando el brote de una nueva vida.

Dice un antiguo proverbio zen que “Si el discípulo está preparado, el maestro aparece”. Al estar más atentos y despiertos, y sobre todo más humildes, aparece muchas veces el maestro, que no siempre será extrovertido y dulce. (Sea como sea la forma o formas que tome). Es hora de mantenerse despierto. ¡Es ahora! Corremos el riesgo de volver a dormirnos y es por eso que necesitamos una firme decisión de no soltar más ese hilo que el Destino nos está brindando. Muchas veces observo que personas que han pasado por situaciones terribles en su vida no han aprendido nada y por el contrario, se han envilecido o se han vuelto mezquinas y superficiales.

En el momento en que paro y le doy lugar a todo esto, aparece mi ser crístico, aparece el Buda en mí. Atisbo la eternidad, el todo, la unidad. Puede ser un segundo, pero el registro ya está en mí. Y compruebo que el mapa no es el territorio, que puedo comerme la Biblia y todos los Sutras del mundo, pero si no me siento y trasciendo mi cuerpo y mi mente, nunca lo comprenderé.

Ahora comienzo a danzar esta existencia con conciencia, porque estoy en el mundo y no soy del mundo. Pero esta es la experiencia que vine a hacer y debo abrazar.


“De vez en cuando la vida
nos besa en la boca
y a colores se despliega
como un atlas,
nos pasea por las calles
en volandas,
y nos sentimos en buenas manos;
se hace de nuestra medida,
toma nuestro paso
y saca un conejo de la vieja chistera
y uno es feliz como un niño
cuando sale de la escuela”.  Joan Manuel Serrat

Podés leer más aquí: http://www.dmujeres.com.ar/contenido.php?id_seccion=558

domingo, 3 de mayo de 2015

Hoy te invito a hacer un salto al vacío, a confiar en esa red universal que nos sostiene y que nos hace a todos humanos, únicos e irrepetibles.

Urano, en astrología, es conocido como el planeta de la individuación, no como un proceso de crecimiento propio y diferente de los demás, sino como una pauta general que se desenvuelve en cada uno de nosotros.

Es un planeta transpersonal ya que su movimiento es más lento y marca generaciones enteras. Tarda 84 años en dar una vuelta completa y ubicarse en el mismo lugar del cielo que en el momento de nuestro nacimiento. Está compuesto por ciclos de 7 años que concuerdan con procesos evolutivos.

En la mitología, Urano es el dios del cielo y se encontraba en un abrazo eterno con Gaia, la tierra. Acudía cada noche a cubrir la tierra y de esta unión nacieron los titanes y las titánides, modelos de belleza y deidades de animales y vegetales, océanos, bosques, mares, lagos y ríos. Pero sus hijos menores resultaron ser monstruos: los Cíclopes, gigantes de un solo ojo, y los Hecatónquiros, gigantes de cien brazos y cincuenta cabezas. Urano se avergonzó de ellos y decidió encerrarlos en el Tártaro, el mundo de las profundidades y la oscuridad. 

Gaia sin embargo, los amaba, así que incitó a los titanes a que se rebelaran contra su padre pero sólo Crono estuvo dispuesto a cumplir con su obligación. Gaia fabricó una hoz de piedra afilada con la que Crono le tendió una trampa a su padre, le cortó los testículos y los arrojó al mar. De las gotas de sangre que se filtraron en la tierra nacen las Furias, un símbolo de la venganza, y de los testículos, que continuaron a la deriva hasta Chipre, emergió Afrodita, la diosa del amor.

En el mundo antiguo no había altares de culto a Urano, porque precede a la creación física y por lo tanto no tiene forma. Es un dios primordial y representa un elemento de la naturaleza: el cielo, así como la fuerza de los rayos y la electricidad.

Es con esa sensación eléctrica que solemos sentirlo en el cuerpo, y que a menudo denominamos ansiedad. Nos recorre, nos moviliza, nos mantiene inquietos y si no la descargamos correctamente se puede convertir en una explosión.

Es energía de mutación y donde Urano se encuentre en nuestra carta natal nos rebelaremos y trataremos de cambiarlo para crear algo nuevo. Allí seremos considerados raros, diferentes y un poco locos. Pero también desarrollaremos nuestro trabajo en ese punto de la red que nos permite entrecruzarnos con los demás.

Nos otorgará la intuición y la previsión propias de este planeta, con una mirada rápida, abstracta y genial, que nos permitirá tomar decisiones desde el olfato y no desde la razón.

Urano nos muestra el área de nuestra vida de la muchas veces queremos huir, a veces escapando y otras intentando ser “normales”, cumpliendo con lo que se espera de nosotros. Pero, si nos animamos a enfrentar los miedos y nos mantenemos conectados, es allí donde se expresará toda nuestra creatividad y todo nuestro ser.

Diremos que es energía de red, de todo aquello que nos interconecta, y hoy tenemos el gran ejemplo de las redes sociales: nos vinculan y al mismo tiempo nos mantienen separados.

Aquí hablamos de soltar nuestro ego, atravesarlo para convertirnos en verdaderos seres sociales, atados por hilos invisibles y enlazados en pos de un objetivo común. Así podremos adaptarnos a la diversidad de experiencias que la vida nos propone, cambiando, saltando, y trabajando en conjunto para que todos nosotros podamos ir un paso más allá.

Por eso hoy te propongo que confíes en mí y saltes…


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